09 abril 2009

Mosh

Me gusta el mosh en esta pintura!!

08 abril 2009

KL Bag


Si en este momento tuviera mucho dinero, compraría esta bolsa !!!

07 abril 2009

El patio cuadrado.

Atardecía y desde el patio descubierto se podía ver un crepúsculo tan enrojecido como un incendio o como un mar de púrpura. Era uno de esos patios de provincia, cuadrados, con corredores y habitaciones a cada lado. Horacio estaba sentado junto a mí mirando el atardecer, y en los rincones de los corredores unos embozados permanecían replegados y quietos como si fuera un coro secundario, un acompañamiento de sordina o a sotto voce. No se si sería por aquel ocaso ensangrentado o porque era esa hora de la tarde en que uno se siente especialmente triste que ninguno de los dos hablábamos. De pronto descubrí la silueta de un hombre que se recortaba contra el fondo rojísimo del cielo como un puñal negro, clavado en el borde mismo de la cornisa del patio, Un mínimo impulso bastaba para que se precipitara al vacío.
-Se va a matar - le dije a Horacio.
-Se va a matar- dije de nuevo, porque el hombre permanecía sin dar un paso atrás, como si estuviera resulto a lanzarse.
Busqué con la mirada a Horacio pero ya no estaba junto a mí. Me tranquilizó saber que había compredido mi mensaje y lo iba a salvar. Ansiosamente espere verlo llegar detrás del hombre; pero los minutos pasaban y Horacio no aparecía. Mientras el atardecer se desgaja en jirones sangrantes.
Entonces supe que Horacio estaba frente al suicida en el otro extremo del patio, en idéntica actitud: como dos dagas clavadas frente a frente, como dos peones en un tablero de ajedrez.
-Se va a matar- dije, ya sin esperanzas, mirando al desconocido.

En ese mismo instante Horacio se precipitó al vacío. Los embozados que habían permanecido inmóviles lanzaron un graznido siniestro y se arrojaron voraces sobre el cuerpo caído, cubriéndolo con sus alas parduzcas y membranosas.
Yo comencé a retroceder, a retroceder.... Entre al cuarto donde se guardaban los juguetes de infancia, pero aquella habitación llena siempre de muñecas, pelotas, osos, patines, era ahora un enorme vestidor con percheros repletos de ropa. Una vez que se entraba ahí ya no era posible ver sino prendas de vestir por todos lados, como si fuera una tienda de empeño o de esas en que se alquilan trajes para toda ocasión.
Había cientos, miles de vestidos lindos y costosos de los estilos y olores más diversos; cualquier prenda de ropa que uno pudiera desear estaba ahí, con gran entusiasmo me dediqué a probarme todas las cosas, pero nada me quedaba bien, o era grande o era chico, largo o apretado. No había nada a mi medida, nada. Comence a desesperarme y a sufrir verdaderamente por no encontrara algo de mi talla, pero no cesaba en mi empeño y me medía vestidos y más vestidos, abrigos y sacos y capas, blusas y faldas y negligés.

Amparo Dávila

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(expira en 7 días)

01 abril 2009